Cartas de Esperanza

A veces se requiere valor para abrir una carta, pero hacerlo con una de “Correos de Chile ayuda al Viejito Pascuero” exige un coraje singular: con leerla asumimos que la fraternidad es acción en el mundo real.

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Por Fernando Donoso Astete

“Tenemos que solucionarlo”, me dice el hombre de unos 30 años parado frente a mí y a quien le acabo de preguntar por el número de la calle Ichuac, en la villa El Caleuche. Son las primeras horas de la noche de Pascua (Nochebuena) y un sector populoso de la comuna de Puente Alto se ha convertido en un laberinto que ni yo ni él reconocemos. Momentos antes le había explicado que buscaba el departamento de Camila, de 8 años; que tiene dos hermanos, de tres y dos años, todos los cuales viven con su madre y su abuela. También que leí la carta que enviaron al Viejito Pascuero y que yo recogí en Correos de Chile. Por eso estoy aquí a las 22:33 horas del 24 de diciembre.

Se acerca la medianoche y, obviamente, no está nevando. Si miro hacia la cordillera sólo veo edificios de tres pisos de departamentos pequeños. Hacia el Poniente me encuentro casas de un piso con techos triangulares construidas entre pasajes de tierra estrechos. La gente copa las calles entre la música de reggaeton y el olor a carne asada.

 


 

En los dos locales de la esquina cercana, jóvenes y mujeres se agrupan en los accesos enrejados para comprar, principalmente, pan, bebidas y cervezas. El hombre me advierte que teme que la dirección quede pasada la calle Meli. “Entrar allí es peligroso: te cuelgan (asaltan) al tiro”, comenta.

 



No sé por qué pero eso no me preocupa. Lo que me inquieta es que falta poco más de una hora para Nochebuena y Camila no pidió regalos sino “una cena de Navidad para estar todos contentos”. Me lamento por no haber salido antes de mi casa. Pero estuve demorado en la oficina, y después en otras tres poblaciones en lo mismo. La ciudad de Santiago es cada vez más extensa, el tráfico es lento, mucha gente se moviliza para las compras de último minuto. Uf.

 


La temperatura bordea los 30 grados. El hombre me pregunta si traje muchos regalos y le respondo que tres, pero que lo principal es una cena para la familia. Me dice que no podemos entrar en auto al sector, que es menos peligroso ir a pie. Pasan dos mujeres y él pregunta por una Candela que vive con sus dos hermanos, su mamá y su abuela. No saben. Repite en voz alta “tenemos que solucionarlo”. Me sugiere que mueva el auto y lo deje frente a una de las tiendas de Ichuac sobre la calle La Lechería, porque los comerciantes vigilan los suyos. Mientras lo hago veo que conversa con un muchacho. Estaciono. El hombre me dice que ambos me acompañarán. Nos movemos hacia el sur; mucha gente camina, come, compra: hay una expectación alegre, sobre todo, naturalmente, en los más pequeños.

Corren los segundos. Y se hacen largos. Llegamos a una feria navideña, seguimos rápido. Aunque había impreso un plano de la zona, usando un servicio de mapas de Internet, no se llega a estos sectores si no es preguntando y el señor de la camioneta, el taxista y los conductores de la parada de colectivos a quienes consulté, me advirtieron que no entrara de noche a esa población. Aun así me indicaron cómo llegar. La calle no está limpia y grupos de muchachos nos miran con interés. La villa El Caleuche está entre las poblaciones constituidas por departamentos de 42 metros cuadrados.

 


 

Las estadísticas señalan que son comunes la delincuencia y el micro tráfico de drogas. Y que la mayoría de los hombres que trabajan son obreros de la construcción y las mujeres empleadas domésticas, que deben cruzar grandes distancias en la ciudad para llegar a sus lugares de empleo. Pero hoy es Nochebuena.

 



Desolación. Cuando llegamos a una esquina me doy cuenta de que la numeración se aleja de la que buscamos. Nos devolvemos. Encontramos la dirección. Ambos se despiden. Ocupé diez minutos de sus vidas. Les agradezco. Traigo el auto frente al edificio para tenerlo a la vista, muy cerca de donde lo había dejado la primera vez. Subo al tercer piso. Toco a la puerta que me parece que es: el número está borroso. Un muchacho muy alto y que hace rato deambula por la calle me grita hostilmente que allí no hay nadie. Atravieso hacia el departamento de enfrente. La entrada está enrejada. Un señor semidesnudo prepara un asado frente a la puerta de su casa. Me pregunta a quién busco. Me dice que cree que es al lado pero que salieron temprano. Llama a su hija y le pregunta si viven allí Candela y dos hermanos. La niña confirma.

 


Me invade la desolación. Pienso lo peor: que las mujeres sacaron a los niños a caminar porque no tenían qué comer. El señor pregunta si puede ayudarme mientras gira la carne. Le cuento. Me ofrece que deje las cosas en su casa y que él las entregará cuando lleguen los vecinos. Imagino que él piensa en el inesperado aporte a su asado. No me censuro de ser tan desconfiado. Le agradezco y le pido un papel para dejar mi teléfono móvil. Su hija me lo trae. Bajo las escaleras con una sensación de tristeza. La jornada, y mi tarea, habían comenzado bien. De otra manera.

Cuatro cartas. Todo comenzó a mediados de diciembre, un día que pasé por la oficina central de la empresa postal estatal. Es el segundo año que participo en la campaña “Correos de Chile ayuda al Viejito Pascuero”, actividad que se inició en 1992. Como la primera vez, jóvenes voluntarios de las Aldeas SOS, una organización no gubernamental que articula las redes de solidaridad, y personas de la tercera edad del Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA) me guiaron hasta los buzones. Se trata de una sala en la cual hay ocho contenedores con cientos de cartas (en 2008 llegaron más de 80 mil de todo el país). Descubro varios extranjeros leyéndolas. Muchas piden la consola de juegos PlayStation; también bicicletas y muñecas Barbie o Bratz.

 


 

Elijo cuatro de ellas sin olvidar, obviamente, mi presupuesto. Selecciono aquellas enviadas desde las comunas más pobres de la ciudad y cuyos remitentes no ponen teléfono porque simplemente no lo poseen.

 


 

¿Por qué cuatro cartas? O antes ¿Por qué? Es simple: creo que es una buena forma de celebrar Navidad. Hay otras, pero es la que elegí. Sé que este es un acto que uno debe mantener en privado, pero mi editor —con quien hablamos telefónicamente el 25 de diciembre para contarnos qué hicimos en Nochebuena— me convenció que divulgarlo puede tener buenas consecuencias. Que más gente sea fraterna, por ejemplo.


Pero volvamos a ese momento. Selecciono la carta de Candela, escrita por su madre, en la que cada uno de los tres niños hace un pequeño dibujo. La de Magda R., una abuela que pide una cena y “unos regalitos” para ella y sus cinco nietos, con quienes vive. Trabaja recogiendo cartones en la calle. También la de una madre que tiene tres hijos y cuyo marido está cesante. Y, finalmente, la de Miguel A. Tiene diez años. Pide una bicicleta para él, patines para su hermana, “lo que fuera su voluntad” para su hermano Rodrigo, de 4 años, y un coche para su hermana más pequeña. Avisa que la misiva la escribió una tía.

Cero pesos. El 24 encuentro a Magda R. barriendo la calle, en Renca. Habita una mediagua. Estaciono frente a ella y le pregunto si escribió al Viejito Pascuero. Se toma la cara llena de alegría, se introduce por la ventana del auto y me abraza con fuerza. Dice que no puede creerlo, que Dios me bendiga, que es su segunda vez pero antes no pasó nada. Sale una nieta casi adolescente y dice “así que éste es el Viejito Pascuero. Y vino en auto, eh”. Me bajo, abro el baúl y la abuela y dos nietos reciben las bolsas. La señora me invita a conocer su casa, pero le digo que tengo que seguir a otras comunas y que queda poco tiempo (más tarde me arrepiento).

 


 

Mientras trato de ubicar la otra casa en las páginas que imprimí de Map City, sentado frente al volante, aparece la señora con un vaso de bebida. “Es la única que teníamos. Está heladita”.

 


 

En la esquina una muchacha y dos jóvenes se paran frente al auto y piden que el Viejo Pascuero les deje dinero para “copete” (alcohol); les digo que quedó cero pesos con los regalos y les sugiero que escriban el próximo año. La mujer dice que le gusta la bicicleta que llevo en el asiento de atrás. Le digo que no es mía. Se apartan amistosamente.

El pasaje La Ardilla, en la comuna de Cerro Navia, es corto y me cuesta ubicarlo. Un taxista a quien le “sonaba” el lugar me guió durante varios kilómetros, por la Av. Costanera Sur hacia el Poniente. Me deja en el sector. Pregunto. Nadie sabe. Giro varias veces. Dos jóvenes dejan un grupo y me hacen señas para que me detenga; uno me dice que por qué doy tantas vueltas, qué busco. Me mira con desconfianza. No falta mucho para las 21 horas. Me dicen que los siga. Pasadas tres calles estoy frente a la casa de Iván (la carta la escribió su mamá y la identificó con el nombre de su hijo de cinco años). Los niños juegan en la calle. A uno le pido que la llame. Cuando sale me dice “Yo sabía, yo sabía. Mire: yo organicé la fiesta de Navidad para los niños del pasaje y no alcanzaron los regalos. Si yo organizaba no podía dejarme regalos para mis niños, pero llegó usted. Dios compensa”. Los llama, pregunta mi nombre y si tengo hijos. Entrego los paquetes a unos chicos perplejos. Ella les dice que den las gracias. Salgo raudo hacia el sector sur de la ciudad. En La Pintana no me cuesta encontrar la calle El Lingue pero muchas personas circulan y avanzo lento. Estoy a la altura del paradero 40 de Avenida Santa Rosa. La población es de casas de dos pisos, de unos 45 metros cuadrados. Villas construidas por el gobierno para familias que habitaban campamentos.


En la calle donde reside Miguel, de 10 años, hay una feria navideña. Me acerco y aparecen dos niños en bicicleta. Pregunto si alguno es Miguel y uno dice “yo”. —¿Y para qué pediste una bicicleta si tienes una?

 


 

Me mira desconcertado. Le digo que soy el Viejo Pascuero. Se exalta y grita que es de su primo. El otro niño, de una edad similar, dice que es cierto, que Miguel no tiene bicicleta.

 


 

Sale su abuela. Los invito al auto. Miguel -obviamente- lo hace a pie. El más pequeño sale corriendo con el paquete y grita “¡qué lindo mi regalito!”, sin abrirlo. Miguel se sube a la bici extasiado. Le pido que llame a su hermana. Me ignora. Su abuela le grita que busque a Inés. Vuela en la bicicleta. Mientras esperamos me quedo pensando y en eso llega el niño y dice que su hermana no aparece. Entrego los patines a su abuela y me alejo. Me gustaría haber visto el rostro de la niña. Ver la expresión de sorpresa y alegría de los niños estimula. Cuando llego a la Av. Santa Rosa ya es de noche; y en la esquina con la calle Miguel Ángel el chofer de una camioneta a quien consulto cómo llegar a la población El Caleuche me dice que no entre allí de noche. Entro igual.

Mi cena Y vuelvo a hacerlo el 25 de diciembre, al mediodía, cuando regreso a la casa de Candela, a quien no encontré en el comienzo de este relato. No hay nadie. Ingreso por debajo de la puerta el sobre de su carta con mi número telefónico. En la tarde me llama su madre, Susana. Me cuenta que la noche anterior fueron invitados por su hermano y su familia a comer. Acordamos que lo mejor a esa altura es que aporte la cena de Año Nuevo.


Susana tiene tres hijos, es separada, está sin empleo desde fines de noviembre. Vive con su madre, que trabaja en aseo de departamentos nuevos antes de ser entregados. Recibe un subsidio estatal por sus hijos, unos 30 dólares mensuales en total, y todos tienen educación y alimentación gratuitas en el jardín y la escuela del barrio. Es la segunda vez que escriben. En 2007 el vecino que recolectó las cartas simplemente no las llevó al correo. En 2008 sí lo hizo. Susana dice que fue la única carta respondida en el edificio, porque otras familias pidieron cosas como comedores, lavarropas, heladeras y consolas de videojuegos. No conocí a su hija Candela, pues paseaba con su padre esa última tarde de 2008. La vida es así: cambio y continuidad, no siempre donde las queremos. La fraternidad quizá sea la manera de hacer menos dura esa diferencia.

Y hablando de diferencias. Una semana antes, esa víspera de Navidad, llego a casa de mis padres cerca de medianoche. Ya cenaron. Mi madre me pregunta cómo se me ocurre llegar a esa hora. Me siento a la mesa, solo.
—Mamá, ¿qué hay de comer?

 

“Hay grandes momentos”

 

Correos de Chile Ayuda al Viejito Pascuero se inició formalmente en 1992, cuando la actual jefa de Coordinación Operativo Co-mercial de la empresa estatal, María Angélica Rojas, le hizo una propuesta a la compañía. Recogía dos experiencias: durante su exilio en Europa instaba a sus hijos a escribir cartas en castellano al Viejo Pascuero, dirigidas al Polo Sur. Y de regreso en Chile —y ya en la empresa— notó que en diciembre llegaban muchas cartas de menores dirigidas “al cielo, a las nubes, al Polo Norte, al sur, a Papá Noel, al Viejito, Santa, con sus sueños”.


El número creció de cinco mil ese año —todas escritas por niños— a más de 80 mil en 2008, la mitad en Santiago, y muchas redactadas por madres, abuelas, padres desde la cárcel, jóvenes con problemas de drogas.

Las cartas pasan por controles: se habilita en cada oficina un solo buzón; los voluntarios que leen las cartas —unos 400 en todo el país— eliminan aquellas sin remitente y las repetidas; las que pasan obtienen una tarjeta identificatoria y son ingresadas en fichas, a través de un software que permite descubrir direcciones y nombres repetidos, los que son sacados del sistema. Se ponen a disposición del público los primeros días de diciembre y después del 25 se reparten los regalos que llegan directamente a las oficinas. Desde 2007 se puede apadrinar a un niño desde todo el mundo, en www.correos.cl.


¿Cuántas cartas en promedio se quedan en Correos?
—En 2008 en la Región Metropolitana quedó más o menos la mitad de las cartas sin padrinos, ya que quienes vienen a leerlas y las llevan son trabajadores y empleados del centro y algunos de los regalos que ahora se piden no están a su alcance.

¿Hay personas o ins-tituciones de otros países que hayan solicitado cartas para ayudar?
—Sí, ha habido mecenas extranjeros. En 2007 un gru-po de holandeses apadrinó varios jardines infantiles y compraron muchos regalos. Además, muchos extranjeros que visitan el correo dejan juguetes en el “saco mágico”.

Hay casos duros.
—Sí, por ejemplo cuando un niño pide que el Viejo Pascuero encuentre a sus padres; o cuando solicitan un remedio que sus familias no pueden comprar. Son casos que derivamos a las instituciones respectivas y los difundimos a través de los medios de comunicación. U otros emotivos, como un vendedor callejero que en enero de 2008 llegó con su esposa y dos hijos a buscar regalos, porque antes no tenían dinero para el pasaje. Abren sus paquetes y en un sobre había 20 mil pesos (unos 35 dólares) y el señor se emociona y dice que con esa cifra compra cuatro cajas de helados para vender en los buses. Y su familia aplaudía. Hay grandes momentos.



  

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