Cuando se donan órganos de un hijo

La emocionante historia de una pareja que revive la decisión, tomada años atrás, cuando decidió donar los órganos de su hijo para salvar otras vidas.

 

Publicado por Reg Green extraído de The LA Times. Foto principal: Shutterstock.


El niño que recibió el corazón de mi hijo falleció el 7 de febrero de este año, aunque en realidad ya no era un niño. Tenía 37 años. Pero cuando mi hijo Nicholas, de siete años, recibió un disparo mientras intentaban robarnos el auto durante unas vacaciones familiares en Italia, Andrea Mongiardo tenía tan solo 15.

 

En el hospital de Sicilia, mi esposa Maggie y yo decidimos donar los órganos y corneas de Nicholas para trasplante. Los recibieron en forma directa siete italianos en estado de gravedad, cuatro eran adolescentes. Andrea, quien vivía en Roma, permanentemente entraba y salía del hospital debido a sus problemas de corazón. Se había sometido a varias operaciones que no habían logrado ayudarlo, y al momento de la muerte de Nicholas, en 1994, estaba recibiendo transfusiones de sangre dos veces por semana.

 

Según su médico, Andrea estaba “luchando por sobrevivir”. Sus padres estaban desesperados, sabían que un trasplante era su única oportunidad. En aquellos días, el índice de donaciones de órganos en Italia estaba entre los más bajos de toda Europa Occidental. Las oportunidades de que Andrea consiguiera un corazón nuevo a tiempo para salvar su vida eran muy pocas, prácticamente inexistentes.

 

Tal vez el aspecto más desgarrador de estar en una lista de espera para trasplante es que los pacientes no pueden hacer absolutamente nada para ejercer presión cuando surge la disponibilidad de un órgano, si es que alguna vez sucede. Su futuro depende por completo de que una familia, a la que jamás han visto, decida voluntariamente hacer a un lado su propio dolor para ayudar a completos desconocidos.

 

No sentimos como si Nicholas hubiera vuelto a morir, como afirman algunos médicos que les sucede a los familiares de donantes. Cuando nos informaron a Maggie y a mí que Nicholas no tenía actividad cerebral, fue ella quien dijo, con su espíritu reflexivo habitual: “¿No deberíamos donar sus órganos?”. No teníamos idea de cómo se desarrollarían las cosas, quiénes podrían salvarse ni cómo serían esas personas. Sin embargo, nos dimos cuenta de que podíamos obtener algo bueno de lo que de otra forma solo hubiera sido un acto de violencia sin ningún sentido.

 

(Foto: Gentileza Reg Green)

 

Lo que nunca imaginamos era cuán bueno sería: la noticia de nuestra decisión corrió a toda velocidad y fue tal el impulso que despertó en Italia que, durante los diez años siguientes, los índices de donación de órganos allí se triplicaron, un aumento que no tuvo comparación con las cifras de ningún otro país. Como resultado, miles de personas que hoy están vivas podrían haber fallecido.

 

Algunos de los receptores de los órganos de Nicholas estaban muy cerca de perder la vida. Uno de ellos era un paciente diabético que estaba ya casi ciego, no podía caminar sin ayuda y dependía completamente de otros. Luego de recibir las células pancreáticas de Nicholas, se mudó a un departamento propio por primera vez en su vida. Una joven de 19 años recibió el hígado de Nicholas. El día que él murió, ella estaba en coma. Recuperó la salud, se casó con su novio de la niñez un año más tarde, y al año siguiente, tuvieron un pequeño al que llamaron Nicholas. Hoy es un joven alto sin rastros de la debilidad hepática que tanto había golpeado a su familia.

 

Andrea tardó más tiempo en sanar. Había estado enfermo por tanto tiempo que sus fuerzas ya estaban muy debilitadas y, mientras que los otros seis pronto retornaron a la vida normal, él regresaba muy lentamente. Pero cuando finalmente lo logró, fue de verdad: consiguió un trabajo, jugó fútbol y vivió como jamás había experimentado antes.

 

Y así fue hasta que un martes recibieron un correo electrónico. “Su corazón aún funcionaba”, informó el antiguo médico de Andrea, “pero sus pulmones desarrollaron fibrosis a causa de la toxicidad del tratamiento de quimioterapia que recibió tres años atrás, luego del diagnóstico de linfoma. La causa definitiva de muerte fue falla respiratoria”. Fue una noticia desmoralizante, como la pérdida de un joven sobrino que nadie nunca hubiera pensado que se iría antes que uno.

 

Por supuesto, no nos arrepentimos de la decisión que tomamos en 1994. Cuando los medios italianos le preguntaron en aquel momento a Maggie qué sentía al pensar sobre el corazón de su hijo trasplantado en el pecho de otro niño, ella respondió: “Siempre quise que Nicholas viviera una larga vida. Lo que espero ahora es que sea su corazón el que viva por mucho tiempo”.

 

Lamentablemente, el corazón de Nicholas no llegó a vivir tanto como hubieran querido. Sin embargo, sí desempeñó un noble papel durante tres décadas. No me sorprende, siempre supe que era de oro puro.

 

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1 COMENTARIOS

polonia comentó hace 1 mes

La mejor decision sin dudas es la de poder donar y salvar otras vidas,es tener un poquito de ese ser querido en otra necesitada persona es maravilloso,