Un hermoso deporte

Algunos de los mejores futbolistas comparten la historia de cómo cayeron bajo el embrujo del fútbol.

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Por rdselecciones.cl

Arsène Wenger, entrenador

El fútbol nos pertenece a todos. Todo el mundo lo practica. Algunos lo jugamos mejor que otros, por supuesto, pero todos sabemos lo que significa correr y patear una pelota. Dondequiera que estés, de la mañana a la noche, verás a los chicos jugando al fútbol.

No importa lo que los separe a ellos o a sus padres; el juego los une. A lo largo de todos los continentes, el fútbol es un lenguaje común y una cultura compartida: alegría, pasión, saber lo que significa pertenecer a un equipo, un escape, una inspiración y una afirmación de la identidad.

¿Qué hace a un futbolista? La habilidad, por supuesto. Y el atletismo. Inteligencia, compromiso, humildad, valor y deseo. ¿Qué hace a un futbolista extraordinario? Todas esas cosas y una más: los más grandes aman el fútbol con la misma intensidad de cuando eran chicos. Y tal vez eso, más que cualquier otra cosa, es lo que nos hace felices cuando los vemos jugar.

 

 


 

Ilusión

Claudio Suárez – México

Empecé a jugar antes de que tenga memoria. Tenía cinco o seis años de edad. Mi hermano me llevaba con él. A veces jugábamos en la entrada de la casa, que usábamos como portería. Mamá quería que la ayudáramos con las tareas domésticas, barrer y lavar. ¡El que perdiera tendría que hacerle el trabajo de la casa a mamá!

No cabe duda de que el fútbol es el deporte número uno en México, así que los niños siempre sueñan con ser futbolistas profesionales, aunque yo empecé a jugar sólo porque lo disfrutaba. No tenía zapatos —bueno, aparte de los destartalados que heredaba de mis hermanos— y a veces no teníamos comida en casa, pero había fútbol. Jugábamos en la calle. En México, el que se dedique al deporte tiene que lograr el éxito solo. Encuentras un lugar donde practicar, un sitio donde jugar, y el nuestro era la calle. Había un pequeño campo de tierra cerca, pero lo eliminaron, así que jugábamos utilizando unas cuantas piedras para hacer los arcos. Teníamos que detener el partido cuando pasaban coches —siempre iban y venían, y podía ser de cualquier dirección— y luego lo reanudábamos.

Tuve la oportunidad de ir a ver un partido en el estadio sólo una vez: no teníamos dinero para ir con más frecuencia. Pero esa vez fue mágica. Aquellos jugadores eran casi seres de otro planeta. Los había visto en la televisión y ahora los veía jugar en vivo. Cuando yo era chico me parecían muy fuertes y altos. Todo parecía enorme.

 

 


 

Talento

Lionel Messi – Argentina

Tengo cinco hermanos y primos mayores, y nos acordamos de cuando nos reuníamos a jugar al fútbol todos los fines de semana, entre nosotros mismos o contra otros equipos de chicos. Jugar al fútbol significaba hacerlo en la calle, frente a mi casa o en cualquier lugar del barrio donde se llevaba a cabo un partido.

En aquella época la calle no estaba pavimentada; era sólo tierra seca. No era el mejor barrio, pero era un lugar donde todo el mundo se conocía y estábamos frente a nuestros hogares, así que mi mamá no se preocupaba por mí.

Solíamos pasar todo el domingo en nuestro club de fútbol local, Grandoli, porque en todas las categorías de edades jugaba algún miembro de la familia, desde mí hasta mi tío, en el equipo de veteranos. Estábamos allí todo el día.

Empecé a jugar a los cinco años… Tuve la oportunidad de jugar a una edad tan tierna sólo por mi abuela. Grandoli no tenía un equipo para varones de esa edad, pero un domingo un chico mayor no se presentó a su partido y mi abuela me empujó para que yo entrara.

Supongo que me perdí algunas experiencias de la niñez, tanto en mi país como después de que me fui a Europa. Mis amigos llegaban y decían: “Vamos a salir”, y yo contestaba que no podía porque tenía un partido al día siguiente. Sin embargo, no lo lamento, porque era lo que  quería. Me siento feliz porque, más que cualquier otra cosa, me encanta jugar al fútbol. Y ha sido así desde que yo era muy joven.

No es algo que se sienta como un trabajo. Me sigue pareciendo divertido, como cuando era  un niño muy pequeño.

 

 


 

Pasión

Iván Guerrero – Honduras

Mi primera experiencia en partidos  amistosos  fue en segundo grado, cuando tenía unos seis o siete años, en la escuela Pablo Zelaya Sierra. Un día, nuestro maestro invitó a unos chicos de otra escuela y jugamos un partido contra ellos. Recuerdo que esos muchachos eran mucho más grandes que nosotros. Perdí la cuenta de todos los goles que nos metieron, pero ese día me di cuenta de que el fútbol me iba a llevar por todas las emociones, la alegría y la tristeza. Descubrí cuánto odiaba perder. Nuestro maestro trató de consolarnos, ya que éramos chicos, pero recuerdo una sensación verdaderamente intensa. Quería jugar contra ellos otra vez. Deseaba ganarles. Fue un momento verdaderamente importante para mí. Tuve esa terrible sensación de perder y pensé: “Si me siento tan mal cuando pierdo, quiero saber cómo se siente uno al ganar”.

La escuela terminaba a la una de la tarde, pero yo no llegaba a casa hasta las cinco o seis. A mis padres les molestaba que siempre estuviera jugando al fútbol. Cuando fui creciendo, me apoyaron incondicionalmente. Eso fue después de que nos fuimos de Comayagua. Nos mudamos a Catacamas, en Olancho. Y yo me sentía feliz: había más gente; existía una liga y estaba mejor organizada. Papá nos trasladó para que mejoráramos en la escuela. ¡No se dio cuenta de que también era mejor para el fútbol!

 

 


 

Amistad

Robin van Persie – Holanda

Apenas a dos cuadras de distancia, teníamos una fantástica calle donde jugar. Le decíamos La jaula. Era un patio de recreo del municipio rodeado de redes, así que la pelota siempre se quedaba adentro. Yo jugaba allí casi todos los días.

Prácticamente todos mis amigos eran chicos que conocí en La jaula. Rotterdam es un puerto, así que llega gente de todo el mundo. Tenía amigos de Holanda; amigos cuyas familias provenían de Marruecos, de Turquía, de Surinam, de las islas de Cabo Verde. Creo que, aparte de un amigo holandés, los muchachos cuyas familias habían llegado de otros países eran más competitivos que los holandeses. Tal vez por eso me atrajeron. Congeniábamos. Mientras crecíamos, al jugar observábamos a los otros jugadores a nuestro alrededor para ver quién era el mejor, y había una sensación de competencia. No se decía nada, pero competíamos unos con otros y después nos dábamos la mano y éramos amigos. Las relaciones se desarrollaban a partir de allí.

Incluso después de que ingresé en Excelsior como juvenil, solía ir a La jaula. Tenía partido los sábados al mediodía, pero los viernes seguía jugando al fútbol en la calle hasta las 11:00 de la noche.

El fútbol me hacía feliz y, al verlo en retrospectiva, ese período --de los siete años hasta que entré en la preparatoria-- fue la mejor época de mi vida.



  

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