Conoce a fondo la historia de estas 7 mamás destacadas por su valentía y coraje.



Para cada hijo la suya es —sin dudas— una Súper Mamá. Sin embargo, las siete que Selecciones ha premiado tienen el consenso de la comunidad a la que en parte, o en todo, le dedican sus esfuerzos. Todas las historias poseen algo en común; además del instinto maternal, convicción en las ideas que defienden y tenacidad absolutas. ¿Qué más puede pedírsele a una madre? Muchas de ellas convirtieron el dolor en amor, los obstáculos en simples descansos para lograr sus metas, y eso las hace excepcionales. Conózcalas
El sol irradia los últimos rayos vespertinos sobre la escuela católica a la que asiste Angele en Kinshasa, Zaire, en el centro de África. La joven de 16 años se conmueve con la lectura de los artículos de la revista Refugiados de Acnur, la agencia humanitaria de las Naciones Unidas, que les traen las monjas.
Esa publicación cuenta historias de personas que se ven forzadas a dejarlo todo para empezar una nueva vida lejos de sus hogares, vulnerados, perseguidos, en busca de refugio. Página tras página, Angele se emociona, al tiempo que el calor del sol evapora las lágrimas de su rostro. “Qué realidad tan dolorosa”, piensa.Nunca imaginó que años más tarde sería la protagonista de una de ellas.
Pasó el tiempo, la adolescente creció y con ella sus responsabilidades. Se formó en administración de empresas en la universidad, y consiguió trabajo en una compañía de transporte marítimo en Matadi, principal puerto del país. En aquel momento, compartía los días con su pareja y se turnaba para cuidar al pequeño Rabí, su hijo de tres meses. Sus días transcurrían sin sobresaltos, con cierta monotonía y con la estabilidad de cualquier familia corriente.
Sin embargo, de un momento a otro, todo cambió en sus vidas.
Se dice que los héroes surgen de personas comunes, sin súper poderes, impulsadas por un motivo más que importante, por el que llegan a lograr acciones extraordinarias. Con una de sus hijas, Edith Grynszpancholc conoció ese motivo que la marcó para siempre.
El mayor sueño de Natalí, de siete años, era ser famosa. Con ojos claros, una enorme sonrisa y pelo rubio, esta niña fue la tercera entre cuatro hermanos. Una tarde, Natalí volvió de la escuela con un fuerte dolor en una rodilla por una caída en el recreo. Una situación normal para cualquier chico de tercer grado. Sin embargo, a los pocos días, los dolores volvieron. “Sé que tiene algo”, pensó su madre.
Luego de varios estudios, los médicos revelaron que la nena padecía osteosarcoma, un cáncer de hueso que generalmente se desarrolla en niños y adolescentes. La familia no salía de su asombro, no era fácil digerir la mala noticia. A pesar del rápido inicio del tratamiento, la pequeña no respondió bien a la quimioterapia y el tumor hizo metástasis en el pulmón. Incluso viajaron a los Estados Unidos para buscar alternativas de tratamiento, pero los médicos dijeron que la cura era casi imposible.
¿Es el instinto maternal ese impulso inconsciente que lleva a una madre a actuar por su hijo hasta las últimas consecuencias? Como muchos fines de semana, Patricia Severac visitaba la casa de sus suegros junto con su marido Gustavo y sus dos hijas pequeñas, Valentina y Victoria. Recorrer los 400 kilómetros desde Corrientes capital hasta Monte Caseros, donde vivían los padres de su esposo se había convertido en una saludable costumbre.
Sentada en el comedor de la casa, a Patricia le retumbaban las palabras que unos días atrás le había dicho una médica pediatra al llevar a María Victoria, su beba de once meses, a una revisación por una leve desviación de su ojo derecho: “Yo no veo nada extraño, pero cuando una mamá así lo advierte, recomiendo seguir ese instinto natural hasta descartar todas las dudas”.
Inmediatamente, Patricia realizó una consulta con un oftalmólogo de niños, quien le comentó que la nena no tenía nada en sus ojos, aunque le agendó una nueva visita de control dentro de ese mes.
Anochecía, y José aún no había vuelto a casa. Apresurada, Graciela preparaba pollo con arroz para la cena; mientras tanto Gonza y Floppy veían dibujitos animados en un cuarto del hogar Sol Naciente en el Bajo Flores donde vivían. Desde que había enviudado, Graciela tenía que ingeniárselas para mantener a sus cuatro hijos. Pronto tendría que partir hacia su trabajo en una empresa de limpieza, pero nunca se iba de casa sin ver llegar a su hijo.
Desde que había descubierto que José fumaba paco (una droga fabricada con los residuos tóxicos de la cocaína) no hacía otra cosa más que preocuparse por él, y esa noche tenía un terrible presentimiento.
El deseo de ser madre de muchos hijos anidó en el corazón de Victoria Sylvester desde su adolescencia. Su noviazgo con Patricio alimentó ese anhelo que se potenció a sus 24 años, cuando se casaron. Juntos soñaron en formar una gran familia. Proyecto que tardó en realizarse más de lo esperado, ya que durante diez años buscaron concebir a sus hijos sin éxito.
Primero, de forma natural; luego con infinidad de tratamientos. Sin embargo, cuando el milagro parecía concretarse, una nueva frustración los acechaba. Por ese entonces, Victoria, mortificada por someter su cuerpo a prácticas agresivas, reparaba en aquellas madres que por distintas circunstancias renuncian a sus niños. “Esas mujeres tienen a sus hijos y los dan y yo que quiero no puedo”.
Sin embargo, la maternidad se presenta de diversas formas, y Victoria supo revertir ese enojo contemplando una de ellas: la adopción, una decisión que iluminó su don de madre.
A Virginia Elizalde el deporte le corre por las venas. Lo practica desde hace muchos años, con conducta, tenacidad y disciplina. Gracias a él, recorrió el mundo. Y sus hijas también, porque las llevaba desde muy chiquitas, a cualquier lugar donde fuera a practicarlo. Virginia fue modelo, es conductora, mamá de tres —Catalina, Ángeles y Sol—, abuela de otros tres y madrina de muchos más: jóvenes con diferentes discapacidades que forman parte de la Asociación Civil Puentes de Luz.
Tiene ojos de cielo, voz serena y la fuerza de un volcán. Un volcán como el Lanín, al que subió varias veces con los chicos para que pudieran demostrarle al mundo y a ellos mismos que siempre se puede.
Marisa Brel es una abanderada de la maternidad. Recorrió un arduo camino que bien le vale el título: perdió un primer embarazo y luego se sometió a diez tratamientos de fertilización asistida. Nueve fueron fallidos, pero en uno llegó Paloma, su Paloma. Sabía que iba a ser madre, después y a pesar de todo.
Hoy trabaja activamente por la primera ley nacional de fertilización asistida gratuita y sobre eso le habla a su grupo de Facebook y a los casi 90 mil seguidores de Twitter (@marisabrel). Amorosa, locuaz y sencilla, esta súper mamá nos abrió las puertas de su casa y de su corazón.
No dejes de leer la charla íntima que Selecciones tuvo con Marisa. Hacé click aquí.


Deja tus comentarios
Usuarios registrados: Ingresar
Conectar con Facebook